Mil canciones bastan

- A partir de febrero, todos los domingos, a las 9:00: un artículo especial - con tono más personal - relacionado con estos 20 años de aventuras en el mundo Apple.
Un café muy caliente, casi demasiado. Un domingo de lluvia que cae con educación, sin alzar la voz, como si supiera que no molesta. Camino por la ciudad con música en los oídos, pero no cualquier música, la mía, la que empuja desde dentro, la que eriza sin avisar, la que a veces aparece por sorpresa y te obliga a exhalar un “ufff” bajito, íntimo, como si no debiera escucharlo nadie más. No toda la música acompaña el paso; a veces se cuela por las costuras y se queda dentro.
Me acerco a la barra y hablo con el barista. No responde. O responde y soy yo el que llega tarde. Tardo un segundo en entenderlo: llevo puestos unos EarPods con cable, blancos, antiguos, sin cancelación de ruido, sin botones táctiles, sin esa ilusión de control que ahora damos por sentada. Como la vida cuando decides no interrumpirla.
—Perdón, que no te oía… Un flat white y la tostada de semillas con aguacate, gracias.
Me quito los auriculares tirando del cable, el mismo gesto de hace veinte años, el mismo cable, el mismo iPod de quinta generación. Nueva música. Paso el dedo por la clickwheel y algo se recoloca dentro, no sabría decir qué, pero ocurre. El tiempo pasa rápido, lo sabemos todos, pero a veces deja restos, pequeños objetos que funcionan como anclas, cosas que no sabes explicar y que, aun así, te hacen bien. Me gusta esa sensación y no necesito justificarla. Ciertas cosas pierden verdad cuando se explican demasiado.
Aquello que deja el tiempo

Hay quien dice que usar un iPod en 2026 es una pose, un capricho vacío, una excusa para una foto bonita en Instagram. Puede que tengan razón. Yo solo sé que anoche lo cargué con aquel cable de 32 pines, el de siempre. Y elegí conscientemente qué escuchar, sabiendo que no iba a poder añadir nada más fuera de mi Mac: se parece sospechosamente a un ritual. Decidir implica aceptar el límite. Escuchar lo que hay y no lo que el algoritmo cree que te apetece hoy. Sacar los EarPods blancos del bolsillo y ponérmelos despacio tiene algo solemne, como desenvainar un arma antigua. Un arma noble para tiempos más sensatos.
No hay una forma razonable de explicar qué se siente al llevar un iPod hoy y quizá por eso funciona. Es una sensación que va justo en contra de todo lo que promete la tecnología de 2026. No va de eficiencia ni de velocidad ni de comodidad. Es otra cosa. Un dardo lanzado al pecho desde algún lugar impreciso de la memoria. A veces atraviesa. A veces se queda clavado. Da igual. Lo importante es sentir la punzada.
Funcionar, funciona. Ese Mac brillante y carísimo desde el que hoy hacemos cosas que habrían parecido magia hace veinte años sigue siendo la única puerta de entrada. macOS, tan pulido, tan del futuro, acepta al iPod con una mezcla de resignación y ternura. Finder lo muestra al conectarlo —alguna vez he creído que me guiñaba un ojo— y una interfaz con olor a iTunes nos permite sincronizar canciones. No hay atajos ni nube. Hay que esperar. USB 1.1. La barra de progreso avanza despacio, consciente de sí misma, y mirarla tiene algo de liturgia, de pausa, a veces incluso de consuelo, como si te llevara de la mano a otro tiempo.
Guardo el iPod en el bolsillo de la chaqueta y recuerdo aquel anuncio, alguien bailando por la calle con la música en el bolsillo. Hoy lo damos todo por hecho, pero aquello fue un milagro. Mil canciones contigo, en cualquier parte. Mil. Una locura. Lo fue. Y lo sigue siendo.
No todo tiene que tener sentido

No, no es cómodo. El cable se enreda, se engancha en cremalleras y mochilas, la música es solo la que cargaste, la batería se agota antes de lo que te gustaría, la pantalla es pequeña, la interfaz se atasca a veces, no hay mezclas automáticas ni DJs invisibles que te salven de elegir mal una canción. Es otro aparato más en el bolsillo. Un estorbo. Y aun así, estos días he pensado mucho en lo lejos que hemos llegado con el iPhone y en lo poco que lo valoramos. Tenemos la mala costumbre de dejar de ver los milagros cuando se vuelven cotidianos, y el iPhone lo es. Basta volver a un dispositivo tosco, lento, absurdamente obsoleto como el iPod para recordarlo. Casi nunca elegimos de quien nos enamoramos.
Pero me da exactamente igual todo eso. Porque cuando lo sostienes y giras la clickwheel sucede algo que no cabe en tablas comparativas ni en fichas técnicas. No es solo la música. Hay algo nuestro ahí dentro. Quizá el eco de una época compartida. Quizá la memoria de un tiempo en el que el asombro era diario. Quizá sea verdad que los objetos bellos no envejecen del todo. Y también pasa otra cosa: que igual que el cable se engancha en todas partes, la vida también se engancha a veces. Se enreda. Tira de ti cuando no toca. Te obliga a detenerte. A escuchar.
Sé que no lo voy a usar todos los días y está bien así. Quienes aún conservamos un iPod lo entendemos. Sacarlo es un gesto puntual, un pequeño ritual, una parcela íntima de disfrute. No va de eficiencia ni de nostalgia bien empaquetada. Va de no tener ni idea de por qué lo hacemos y, aun así, saber sin ninguna duda que nos hace bien. Con eso basta.
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La noticia Mil canciones bastan fue publicada originalmente en Applesfera por Pedro Aznar .
Fuente: Applesfera
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