Un wearable para el cerebro: la carrera por desarrollar un implante cerebral de uso común ha comenzado

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“Imagina un escenario donde digo ‘Me gustaría saber cómo sería ser un cowboy en el oeste americano del siglo XIX’ y alguien crea esa experiencia mentalmente. Imagina ser capaz de tomar eso, de experimentar eso”. Lo dice Bryan Johnson, quien tras vender BrainTree a Paypal lleva dos años tratando de crear implantes cerebrales que funcionen.

Ni Kernel (la empresa de Johnson), ni ninguna otra de esas empresas que quieren convencernos de que llevar implantes cerebrales es buena idea han empezado por ahí. Algunos se han centrado en buscar soluciones al Alzheimer o de estudiar posibilidades con pacientes de epilepsia severa. Pero la idea (de negocio) es clara: llegar a la sociedad por lo terapéutico y quedarse por todo lo demás. Hoy hablamos, precisamente, de todo lo demás.

Reinventando el cerebro humano

Porque en el lenguaje de Silicon Valley se trata de eso, de "reinventar el cerebro". Desarrollar implantes cerebrales capaces de mejorar nuestra memoria, borrar recuerdos concretos, introducirnos información o inducirnos alucinaciones. Curar enfermedades neurológicas también, claro. O al menos, servir de ayuda.

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"La integración neural fluida es algo que va a suceder. La cuestión solo es cuándo lo hará", explicaba Eric Leuthardt, neurocirujano de la Universidad Washington en St. Louis al MIT Technology Review. Leuthardt lleva más de 15 años trabajando en el desarrollo de un interfaz cerebro-ordenador que le permita generar esos implantes.

Es uno de los pioneros en los implantes cerebrales para ayudar a restaurar la función motora en extremidades paralizadas por accidentes cerebrovasculares y ha desarrollado varios dispositivos que se encuentran ahora en fase clínica a través de Neurolutions, mitad empresa ortopédica, mitad laboratorio de investigación. Sin embargo, su objetivo de 'descifrar' los pensamientos humanos está aún lejos.

La cuestión es que precisamente esa es la mejor parte del pastel y ni Johnson, ni Leuthardt están solos. "En cuatro o cinco años el humano será un cyborg", decía Elon Musk cuando presentó Neurolink hace poco más de un año. El cacareado plan de Musk para fusionar el cerebro humano con la inteligencia artificial se basaba en unos electrodos que se conectarían con el cerebro a través de la yugular.

Además, el plan de Musk es idéntico al de empresas como Kernel o Neurolutions: primero, "tratar enfermedades como la epilepsia, la depresión mayor, el Parkinson o el Alzheimer"; mejorar la función normal, después. Lo que en el caso de Neurolink se traduce en la vieja obsesión de Musk de que "o los humanos se fusionan con las máquinas o la inteligencia artificial nos hará irrelevantes". Más allá de eso, se trata de desarrollar una tecnología terapéutica con la mente ya puesta en dar el paso que dieron las gafas o el que quieren dar los audífonos: pasar de productos sanitarios a dispositivos de moda/estatus/placer.

Un futuro lejano...

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"Suena bien, ¿Cuándo lo hacemos?" Lamentablemente, no hay productos reales en el mercado que se acerquen a este tipo de propuestas. Lo más parecido puede ser lo que vemos en la imagen: los implante cocleares. Los cocleares son transductores que transforman el sonido en estímulos para el nervio auditivo. En su momento supusieron toda una revolución, pero el rechazo social dentro de la comunidad Sorda supuso un jarro de agua fría para los que pensaban que era el primero de muchos nuevos implantes.

No ha sido el caso. Las empresas de las que hablamos dicen que quieren empezar a desarrollar estos proyectos, pero incluso las más avanadas aún no han llegado a iniciar ensayos clínicos que puedan permitir la autorización de la FDA (o de otra agencia reguladora). Ni siquiera Darpa, el centro de investigación del departamento de defensa norteamericano, ha conseguido desarrollar implantes efectivos. Pese a los más de 60 millones que llevan invertidos, el mejor de los escenarios situaría los primeros dispositivos (aún muy rudimentarios) en 2020.

...lleno de dudas e incertidumbres

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De hecho, ni siquiera todo el mundo está de acuerdo con que las 'neuroprótesis' son el futuro. El mejor ejemplo es Facebook. Hace un año, la compañía de Mark Zuckerberg anunció que había puesto a un grupo de desarrolladores a trabajar en un interfaz parecido. Aunque, ya desde el primer momento, descartaron basarlo en implantes de algún tipo. ¿Por qué? "Porque simplemente no escalan", explicaron.

Es el camino que ha seguido también Emotiv y sus famosos dispositivos (no invasivos) de lectura encefalográfica. Seguramente sean la única empresa de este reportaje que realmente comercializa sus productos. Sus casos se usan habitualmente en las universidades de todo el mundo para estudiar la interacción directa cerebro-máquina (y tiene aplicaciones directas en soluciones de movilidad a personas con lesiones medulares). Es la gran democratizadora de esta tecnología, unque eso no quiere decir que no sigan investigando. Hace unos años lanzaron una incubadora con Disney para encontrar el "weareable del cerebro".

Pero incluso en el caso de proyectos como los de Emotiv y Facebook, las dificultades e incógnitas son gigantescas. "Leer" el cerebro parece más que factible, fusionarlo con la tecnología no tanto. Lo cierto es que nuestro conocimiento actual sobre el cerebro es muy limitado y, sin embargo, lo que sabemos hoy sobre las consecuencias de la neuroestimulación es suficiente para ser muy escépticos.

En 2013, Teresa Iuculano y Roi Cohen Kadosh analizaron los posibles costes de la mejora cerebral. Su primera conclusión fue que, en efecto, ese coste existía. "Podemos mejorar una función [cognitiva], pero esa mejora es a costa de otra función". La función que empeoraría puede ser también cognitiva, sí; pero, en honor a la verdad, puede ser emocional o, incluso, moral. No es un escenario en el que nos gustaría estar.

Avanzar a paso decidido hacia un escenario del que no sabemos nada es, como mínimo, peligroso. Y es que, en el fondo, todas estas empresas tienen un pie en el laboratorio, sí; pero el otro, está metido de lleno en la literatura de ciencia ficción. O lo que es peor, en esa estrategia de marketing tan popular estos días de inflar las expectativas de una tecnología con el único fin de financiar el proyecto.

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Fuente: Xataka
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